lunes, 16 de mayo de 2016

LIBRETA DE VERANO

A lo largo de los años me he dado cuento que me estoy convirtiendo en una coleccionista. Cada viaje ha aumentado mis ganas de llenar mi casa de objetos traídos de distintas partes. Sin duda, los gatos y las libretas son los más frecuentes, sobre todo estas últimas que ocupan un espacio considerable en los estantes de mi biblioteca. Las tengo de distintos colores, tamaños y formas, y si las vemos desde el punto de vista del uso, unas están llenas de mis escritos y dibujos, y otras simplemente vacías. Muchas de ellas son regalos de amigos y familiares que conocen de mis gustos y manías.
Una de las libretas de viajes que elegí para llevarla conmigo a Europa, tenía una tapa negra con flores de colores vistosos y la foto del rostro de una niña. Me encantaba su tamaño y la facilidad con que entraba en cualquier bolso que llevaba. Lo primero que anoté en su primera página fue la fecha de ese viaje que comenzaba en España, donde me encontraría con mi hermana menor. Era setiembre de 2010. Algo de Madrid, La Mancha, Sevilla, Cádiz y Granada quedó plasmado en esa libreta. Lo que más recuerdo es el dibujo que me puse a hacer frente a La Alhambra. No soy dibujante profesional, pero en ese momento esa deslumbrante construcción árabe valía más en imágenes que  mil palabras. Lo mismo pasó con la torre Eiffel y los puentes de París; más bien cuando estuvimos recorriendo Versalles  no pude evitar sentarme a escribir cómo imaginaba a María Antonieta tratando de huir de la furia de los revolucionarios. Luego vino Italia, el país donde vivía mi hermana. El recorrido por Milán fue como saborear un delicioso gelato de fresa, y el tren hacia Venecia me hizo ver los paisajes más pintorescos que había visto hasta el momento. En todos esos días de viaje registré todo cuanto podía en mi libreta. Era mi diario de esos felices días de verano.
El fin de mi travesía coincidió con la última página que me quedaba para escribir en mi libreta. Recuerdo que estaba en la sala de embarque del aeropuerto, llenando presurosa unos formularios. Ya me había despedido de mi hermana y tuve que apurarme en subir al avión de regreso a mi país. Cuando logré sentarme en mi asiento junto a la ventana y respirar tranquila por no perder el vuelo,  pensé que era hora de escribir en la única hoja que me quedaba. Busqué mi libreta en mi cartera, pero nunca la encontré. Finalmente, el avión partió y se elevó entre las nubes, sentí que algo mío quedó en tierra.

jueves, 3 de diciembre de 2015

ORACIÓN PARA MI PADRE

Debo confesar que no aprendí a orar hasta muy tarde en mi vida. De niña rezaba de memoria los Padre Nuestros y las Ave Marías, también el credo y una que otra oración que aprendía en casa o en el colegio; pero realmente no sentía una verdadera conexión entre lo que repetía casi de manera mecánica y lo que significa Dios para mí. Quizá en ese tiempo solo ciertas canciones religiosas me trasladaban a un estado espiritual profundo, ya que podía percibir que de mí brotaba una alegría inmensa que solo el canto podía canalizar a pesar que nunca tuve una voz privilegiada. Luego crecí y dejé de cantar. Ha sido como un silencio largo que se ha acumulado a lo largo del tiempo. Quizá eso también explique el porqué de mi escritura. Ya no canto, es cierto, pero ahora escribo. De alguna forma, tal vez lo que me mueve a hacerlo es liberar ese silencio.
Ahora en silencio contemplo a mi padre, postrado en una cama de hospital. Su respiración es  tranquila como la brisa suave de esta mañana. Mientras él duerme, trato de imaginar sus sueños; en los míos lo veo siempre sonriendo. Levanto la vista y veo los volcanes a través de los cristales de la habitación. En la cima de ellos hay algo de nieve derretida y unas nubes dispersas en medio de un cielo azul. A sus faldas, la ciudad entera se moviliza este sábado hospitalario. La enfermera le ha conectado la vía intravenosa, y gota a gota el antibiótico penetra en su torrente sanguíneo. Pienso en un cuadro de Frida Kahlo aferrada a la vida a través de sondas que llegan hasta su corazón. Lleva varios días así. No muestra desesperación por salir del internamiento, él mismo dice que depende de los médicos.
Los días han sumado ya semanas.  Hoy es lunes, si no fuera por la agitación que siempre despierta ese día en todas las personas, parecería ser cualquier otro día. Continúan los antibióticos actuando sobre el cuerpo de mi padre. Las enfermeras y las técnicas me sonríen y me dicen que ha mejorado bastante. Todos los días durante su convalecencia mi padre se aproximaba a la imagen del Señor de los Milagros y rezaba algunos minutos. Las palabras de los mismos médicos eran fe y paciencia. Precisamente, eso aprendí a cultivar en los momentos de espera, ya que mientras ellos curaban las heridas de la operación de mi padre, sentía que a través de sus manos  se manifestaba Dios. Y con las horas, días y semanas la infección finalmente cedió. Sentí una sensación de paz. La vida poco a poco se iba restableciendo.  
Sin pensarlo este internamiento de mi padre, que ha sido de alguna forma también el mío, me ha servido como un retiro espiritual. He encontrado paz. En ese estado interior que hace tiempo no experimentaba, de cara a los volcanes admiro la creación. El cielo se abre a mis ojos como una luz intensa que me llena de una súbita alegría. Ahora comprendo que ese cielo protector siempre ha estado cuidándome por más que me haya extraviado varias veces en el camino. Recuerdo los versos de Neruda: “Salgo en este día lleno de volcanes, hacia la vida”. Mucho de divino tiene la poesía. Hoy iré del brazo de mi padre de regreso a casa: las palabras brotarán de mi corazón hacia ese cielo protector.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

JOYAS DE FIN DE AÑO

Hace unas semanas, una amiga me encargó una de las tareas más gratas que he realizado este fin de año: comprar libros de literatura para la Biblioteca de Humanidades. Así que hice mi feliz recorrido por las diversas librerías de la ciudad y aproveché la Feria del Libro que se realizó en Umacollo. Si bien no encontré las últimas novedades de los catálogos de las mejores editoriales que consulté en internet, mis hallazgos son bastante rescatables.
Entre las joyas que compré figuran una serie de autores que hace tiempo anhelaba leer y que espero les sirva a los estudiantes de literatura apenas regresen de sus vacaciones de verano. Así en la lista de nuevas adquisiciones para dicha Biblioteca ellos podrán encontrar "Crítica y ficción" de Ricardo Piglia, "Poses de fin de siglo" de Sylvia Molloy, "Arguedas-Vargas Llosa: dilemas y ensamblajes" de Mabel Moraña, "César Vallejo: la escritura del devenir" de Julio Ortega, "Curso de literatura europea" de Vladimir Nabokov, "Las ciudades invisibles" de Italo Calvino, "El imperio eres tú" de Javier Moro, "Autobiografía" de Chesterton, "Vidas imaginarias" y "El deseo de lo único. Teoría de la ficción" de Marcel Schwob, "Solo para mujeres" de Clarice Lispector, "Neguijón" de Fernando Iwasaki, "El cielo protector" de Paul Bowles, y un largo etcétera que se suman a los estantes de esta Biblioteca.
Una de las excelentes novelas que también figura en esa lista es "Libertad" del escritor norteamericano Jonathan Franzen. Sus casi setecientas páginas me envolvieron en una lectura placentera en sumo grado  a lo largo de los últimos días de este fin de semestre. Hace tiempo no leía una novela con final "feliz" a pesar del drama que atraviesan sus personajes. Escrito a manera de una autobiografía de la protagonista, la historia va más allá de lo personal, ya que se constituye en una crítica a la sociedad americana. Se abordan distintos temas, entre ellos la cuestión ambiental. La convincente lucha de un activista que se dedica a cuidar la naturaleza, y en especial a proteger a la reinita cerúlea, un ave en vías de extinción, es uno de los asuntos que alcanza mayor interés para el lector, ya que funciona como una gran metáfora.
Cuando termine el verano podré volver a tener esos libros entre manos, luego que los bibliotecarios los pongan a disposición de los estudiantes y profesores. Ya quiero que llegue esa fecha, mientras tanto me dedicaré a leer los libros que me traje de los viajes que hice este año por librerías mexicanas y chilenas. Las próximas vacaciones prometen mucho. Un cielo protector se avisora para el 2015.

lunes, 29 de septiembre de 2014

EL DÍA QUE ESCRIBÍ EN THE NEW YORK TIMES

Debí imaginar que viviría mi primera odisea en ese viaje al estado de  Nueva York que planeé por varios meses. ¿Acaso el nombre de Ithaca no me decía nada? La verdad es que  mi cabeza antes del viaje solo se resumía en tres letras: NYC. Lo mismo les pasaba a mis amigos con quienes acordamos encontrarnos en el terminal 1 del aeropuerto John F. Kennedy para luego partir juntos hacia Manhattan y  finalmente tomar el bus a Ithaca, ya que todos veníamos en vuelos distintos desde Perú.  A nadie se le ocurrió pensar que un aeropuerto es el lugar menos indicado para un encuentro, y más aún  teniendo en cuenta que es el JFK es el más transitado del mundo, ya que anualmente bordea los 50 millones de personas que lo circulan. Entre tantos viajeros, vuelos y maletas, nunca llegamos a encontrarnos, así  que solo con mi colega nos aventuramos en partir  luego de una espera de tres horas.
Llegamos cansadas y muy de noche al terminal de buses llamado Port Authority. En las calles parecían que no dejaban de circular los cerca de 9 millones de neoyorkinos que habitaban la Gran Manzana. Si bien ya me encontraba en pleno corazón de Manhattan, sentí de pronto que la cabeza de toda la ciudad estaba frente a mí. Y no me equivoqué. Levanté la vista hacia el imponente edificio de 52 pisos y pude leer las letras iluminadas del The New York Times. Comprendí de inmediato que estaba en el lugar donde a diario se reinventaba el mundo. El edificio  recién se había terminado de construir en el 2007, como respuesta a lo que pasó el 11 de setiembre. Su  inventor, un arquitecto  italiano llamado Renzo Piano, lo concibió “transparentemente”, donde todos puedan verse. Entonces me vi frente a la ventana de una de esas oficinas. Desde ahí podía divisar a los viajeros de todo el mundo que arribaban o partían de Port Authority. 
De pronto el llamado de mi amiga me sacó de mis cavilaciones. Me dijo que el próximo bus a Ithaca salía en un par de horas. Entonces me acomodé en una de las bancas del terminal a la espera del siguiente viaje. Saqué mi cuaderno azul de viajes y comenzé a escribir mi crónica del viaje. Entre sueños me vi escribiendo a través de esa ventana, y también vi la nueva portada del The New York Times. Ahí aparecía mi crónica y por supuesto mi nombre. Cuando desperté vi que mi amiga dormitaba profundamente, lo que no vi fue nuestro equipaje por ninguna parte.

viernes, 29 de agosto de 2014

DÍA DE LOS MUERTOS


Un amigo chileno me dijo que recorriera el Litoral de los poetas. Era 1º de noviembre, Día de los Muertos. Tomé un bus de Santiago a Isla Negra para llegar a la tumba de Pablo Neruda. No recuerdo bien cómo era el trayecto de la cordillera hacia el litoral, pero lo que no se me olvida es que cuando llegué y me dirigí a la casa del Nobel sentí que me invadió el aroma de su poesía, mezcla de cipreses y árboles leñosos que circundaban el camino. Luego, poco a poco fui divisando su casa-barco de madera frente al mar. Desde su tumba vi cómo las olas se estrellaban contra las peñas y algunos pájaros marinos mojaban su plumaje. Mi oración fue el silencio, pero el poeta me habló a través de esa naturaleza copiosa y húmeda. Ya era mediodía, aún tenía dos lugares adonde ir así que partí rumbo a Cartagena para visitar a Vicente Huidobro. Esta vez me perdí entre los cerros que había que subir. Felizmente, una pareja de jóvenes me señaló el camino correcto y al cabo de algunos minutos di con su sepulcro. Contemplé por un momento el panorama desértico que lo rodeaba, pero al fondo se veía el mar como rezaba parte de su epitafio. Después me dirigí a Las cruces, a la casa del antipoeta, pero Nicanor Parra estaba ausente. Él también había preferido vivir frente al mar, lejos de los ruidos de las ciudades, un lugar perfecto para crear sus artefactos poéticos.
Regresé casi de noche a Santiago. Me sentía feliz por ese peregrinaje poético. Desde mi ventanilla vi la ciudad iluminada. Recorrimos algunas comunas hasta llegar a Providencia. Cuando pasaba por la plaza Italia, vi que en el Teatro de la Universidad de Chile, el Coro Sinfónico de Francia iba a interpretar “Canto General”. Quinientas voces me devolvieron a Neruda. No hubo para mí mejor Día de los Muertos. Ahora mi amigo está muerto, se llamaba Aristóteles España y también era poeta. Creo que desde esa fecha no he vuelto al sur, pero pienso que siempre habrá motivos para regresar a Chile: en setiembre Nicanor Parra cumple 100 años, es un gran motivo para festejarlo frente al mar.

lunes, 3 de marzo de 2014

UN BLUES PARA WOODY

Recorrí todo Central Park de sur a norte con la esperanza de cruzarme en el camino con el gran Woody Allen. Estuve atenta a cada persona que tenía sus rasgos más característicos: su figura delgada, sus lentes gruesos, su cabellera revuelta. Leí en alguna revista que suele pasear en ese inmenso parque de Manhattan, pero no logré encontrármelo, También atravesé los puentes neoyorquinos que aparecen en sus películas, ni una señal; sin embargo, sentía que en alguna parte de Nueva York él estaba sentado en una banca o en un café escuchando una melodía de jazz.
He visto gran parte de su producción cinematográfica; he disfrutado y admirado Annie Hall, Manhattan y Hannah y sus hermanas, pero sin duda siento una mayor inclinación por sus más recientes películas, en especial  Medianoche en París, A Roma con amor, y ahora Blue Jasmine. Justamente ayer se entregó el Oscar como mejor actriz a Cate Blanchett por su protagonismo en Blue Jasmine, en ese rubro también estaba nominada mi siempre favorita actriz Meryl Streep por Agosto: condado de Osage, que aún no he visto. La noticia no dejó de alegrarme, pero hubiera querido también que esta película obtuviera el galardón por mejor guion, ya que el nominado era el mismo Woody Allen.
Debo confesar que sus películas me enseñaron a ver la vida con humor, en especial me enseñaron a reírme de mí misma y del dramatismo del amor. Quizá ninguna película como Melinda y Melinda plantea tan bien la cuestión de la comedia y la tragedia a partir de una misma historia; o cómo se siente perderlo todo después de haber disfrutado de una desmedida riqueza, tal como le sucede a la protagonista de Blue Jasmine, que vive su propia tragedia.
El éxito de esta última película no se ha visto opacada por el escándalo que ha surgido a partir de las acusaciones que ha hecho la propia hija de Woody Allen sobre un supuesto abuso sexual, que el cineasta ha negado rotundamente. En realidad, es un verdadero drama que ha causado dolor a muchas personas, incluidos las que admiramos el talento del director neoyorquino. Es duro para cualquier persona que en los últimos años de su vida sobrevengan acusaciones de este tipo por parte de quienes han compartido parte de su vida. Estoy segura que Woody está luchando actualmente contra ese dolor. Las heridas quedan en el alma y se desbordan en la mirada. Personalmente, nunca vi la vejez en su rostro, su humor y genialidad lo cubrían todo en la pantalla.