viernes, 20 de noviembre de 2009

EL GUARDIÁN DEL HIELO












EL GUARDIÁN DEL HIELO

Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.
Oh cuidar lo fugaz bajo el sol...
El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil.

Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.
No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
yo soy el guardián del hielo.
(José Watanabe)

miércoles, 18 de noviembre de 2009

EL ÚLTIMO VIAJE DE CLORINDA


“Ha llovido anoche, y queda la neblina sutil. El temporal no ha sido suficiente para detener a mis buenas amigas, compañeras y discípulas, que se han agrupado en el dique 4 llevando al efecto flores, perfumes, amuletos de buen deseo para tan largo viaje. ¡Qué triste es siempre la hora de decir adiós!...”. Así escribía en mayo de 1908, Clorinda Matto de Turner cuando abordó en Argentina el vapor “Savoia” y emprendió un viaje a Europa en la última etapa de su vida. Durante diez meses hizo un recorrido por España, Francia, Inglaterra, Italia, Suiza y Alemania, a la par que fue plasmando en crónicas sus experiencias por esos países, que luego fueron publicados en España con el título Viaje de recreo, dos meses después de su fallecimiento acaecido en Buenos Aires el 25 de octubre de 1909. Hace cien años, pues, murió esta célebre escritora lejos de su patria, felizmente en un lugar generoso que acogió sus ideales, respetó su postura política y valoró la importancia de su obra.
Clorinda Matto nació en el Cusco el 11 de noviembre de 1852. A pesar que tuvo una vida difícil: Huérfana de madre a los diez años, viuda a los veintiocho, exiliada a los cuarenta y tres; supo afrontar las adversidades con su mejor arma: su pluma. Ésta le permitió formar parte de la primera generación de escritoras peruanas que incursionaron en un ámbito en el que hasta entonces solo lo dominaban los varones y en tiempos cuando la mujer no gozaba aún de todos sus derechos.
En Cusco escribió sus primeros textos que luego se publicaron en Arequipa en 1884, con el nombre de Tradiciones cuzqueñas. Para ese entonces, Clorinda Matto ya era una figura importante en las letras peruanas. En 1877, la intelectualidad limeña alrededor de la figura de Juana Manuela Gorriti le ofreció un homenaje con un discurso de otra célebre escritora de la época: Mercedes Cabello de Carbonera. Posteriormente aparecieron sus novelas indigenistas Aves sin nido (1889), Índole (1891) y Herencia (1895); además de una gran cantidad de artículos, ensayos, leyendas y hojas sueltas que circularon en distintos medios nacionales e internacionales. Francesca Denegri en su estudio sobre las mujeres ilustradas, sostiene que esas novelas “habían transgredido desde un principio el contrato mediante el cual las mujeres habrían sido aceptadas en los ámbitos literarios, a condición de mostrar una “feminidad” apolítica y no cuestionadora”.
Con ese espíritu cuestionador dirigió también periódicos y revistas como El Recreo en Cusco, La Bolsa en Arequipa, El Perú ilustrado y Los Andes en Lima. Los diversos lugares donde la escritora cusqueña residió se convirtieron no solo en grandes centros de cultura sino también en ejes donde se despertó la conciencia crítica en un país donde el indio y la mujer eran excluidos. Su pluma significó un peligro para quienes ostentaban el poder. Por eso, montoneros abyectos destrozaron su imprenta y amenazaron su propia vida, mas no consiguieron callarla. Se exilió en Argentina, y ahí también fundó un periódico llamado Búcaro americano, donde su voz además de feminista e indigenista, se volvió americanista. “¡América! ¡Tierra de promisión. Tierra de libertad!”, escribió Clorinda Matto en sus crónicas al regresar de Europa. Su peregrinaje había terminado, pero había dejado abiertas las puertas para que otras escritoras continuaran su camino.

martes, 17 de noviembre de 2009

LA POESÍA VIDENTE DE MARÍA CHAPP

La poesía tiene una mirada que provoca al mundo. Con osadía lo desviste hasta dejarlo en su quintaesencia, en su estado más puro y perfecto. Así como un calidoscopio que en su sentido etimológico significa ver formas o imágenes bellas, la poesía adquiere sentido cuando se convierte en videncia, porque así recompone el mundo y le da otro significado. Arthur Rimbaud decía que “el poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos”. Para ello necesita un ojo que le permita hacer la búsqueda de sí mismo, necesita desdoblarse para extraer su visión de sus revelaciones.
María Chapp con El ojo peregrino (Buenos Aires, ediciones El Mono Armado, 2008) sigue la senda rimbaudiana de la poesía como videncia. Este libro ante todo revela una mirada hacia dentro, una intensa búsqueda interior. Su anterior poemario La sed también seguía ese rumbo. Se trata de la búsqueda de uno mismo, de un recorrido a través de los recovecos del cuerpo y los escondrijos del alma. Como dice la poeta en uno de los poemas “busco hospedarme / cuerpo adentro”.
El poemario se divide en dos secciones: Marzo y Ojos. Marzo no solo indica un tiempo y el inicio de la estación otoñal, sino también un ciclo donde la vida se renueva, es el tiempo que pide una pequeña muerte para devolvernos otra vez renacidos. En esta primera parte podemos advertir la presencia del desdoblamiento del yo en otro. Al respecto, la poeta dice: “esa presencia se me parece / no este yo / apellidonombreprofesión” o “alguien me visita / ¿o soy yo la visita?”. Asimismo, se vislumbra una maternidad universal que supone una plena identificación de la poeta con el Universo, ya que se reconoce como parte de él: “estoy tan abierta/ puedo albergar todos mis mundos / mis cuerpos en su extensión natural.” Aquello se percibe aún más en el poema “Del parto”: “¿existe la propia vida? / ¿o todo es la gran vastedad / eterno baile / y uno existe cuando toman forma / secuencias de relámpagos?”; y, sobre todo, en el poema “Marzo” cuyos versos dicen: “soy la anciana del bosque / que amamanta”, “espío la cópula de lluvia y pasto / el cielo dona su esperma/ la tierra abierta”, “es marzo / llueve y llueve”.
La segunda parte del poemario se subtitula Ojos. La visualidad siempre ha estado presente en la gran poesía, siempre ha habido un ojo que nos ha permitido ver el mundo a través de la poesía. Ojo peregrino, Ojo voraz, Ojo manso, Ojo amatista, Ojos del agua, son los ojos de María Chapp que nos devuelven a la esencia de las cosas. Quizás uno de los poemas más logrados es “Puente”, en cuyos versos la poeta encuentra que: “cada mirada deshoja su objeto / lo acaricia / lo curva / devora distancias / lo abandona / necesito un puente entre el ojo / y la flor de mil pétalos”. Ese lenguaje metafórico permite que el lector no solo visualice la imagen creada sino también capture lo más profundo del objeto.
En El ojo peregrino “no es el poeta quien habla / es el gran ojo que recuerda”. La poesía de María Chapp es como la luz que nos permite ver en medio de la oscuridad y nos invita a emprender el camino hacia nosotros mismos.

jueves, 15 de octubre de 2009

INSTANTÁNEA

La diviso desde mi ventana. Su plumaje tiene el color ceniciento de la tarde. Toda la mañana ha perseguido al viento y al llegar el crepúsculo ha detenido su vuelo en lo alto de un ciprés. Sus pequeñas patas se aferran a las ramas. Parece que ha abandonado a su bandada. A lo lejos la imagino resguardando un pequeño nido. Su pico me señala el oriente. Aguardará la noche y se cobijará en mi sueño hasta que llegue el alba. Entonces mi ave extenderá otra vez sus alas hacia el sol naciente. La veré partir, pero desde mi ventana cuidaré su nido.



miércoles, 14 de octubre de 2009

LA BITÁCORA POÉTICA DE VALERIA ZURANO


Muchos poetas de todos los tiempos y lugares compararon la vida con un viaje. Un ir y venir por caminos que se unen, se cortan o se entrecruzan. Un desplazamiento continuo cuyo destino no siempre es el esperado. Y es que los viajes nos transforman y nos invitan a reflexionar hacia dónde vamos. Nos permiten entender de un modo particular el mundo cuando se convierte en relato. Precisamente a través del relato de viajes, nos embarcamos a una aventura guiada por la imaginación y la memoria. Cuando rememoramos y narramos un viaje no sólo representamos a sociedades o culturas distintas, sino también nuestras propias vidas interiores, como un ejercicio de reflexión sobre nosotros mismos.
El libro El gran capitán. Crónica de un viaje al litoral (Santiago de Chile, ediciones Cortina de humo, 2008) de Valeria Zurano es un viaje cuya travesía en tren nos permite ver la vida de los “otros” desde las ventanillas y donde la estación central es uno mismo. El gran capitán está escrito a manera de una crónica poética. Tal vez la crónica es uno de los géneros que más se acomoda a estos tiempos, por su carácter híbrido, su estructura versátil, su polifonía textual, ya sea en el uso de variadas técnicas, distintas voces o la misma recurrencia a otros géneros como el ensayo, el reportaje, el cuento, la prosa poética, etc. Si bien toda crónica lleva implícita la noción de tiempo, ya que relata acontecimientos en orden cronológico; sin embargo, en la actualidad está considerada como “la instantánea que recoge lo efímero, lo mutable, lo circunstancial para convertirlo en memoria colectiva” (Cecilia Cuesta).
El libro de la poeta argentina no sólo permite que la peripecia de los pasajeros del Gran Capitán
quede como un registro poético de la memoria colectiva, sino también contribuye a la construcción de una identidad social e incluso personal. Puede ser que el tren El Gran Capitán no ande más sobre los rieles de Buenos Aires a Posadas, pero aún sus ruedas siguen avanzando en la memoria de sus pasajeros. En Valeria Zurano el tren se detuvo cuando terminó de escribir el libro, para nosotros comenzó a andar cuando empezamos a leerlo.
El libro de alguna manera plantea una intertextualidad implícita que enriquece la tradición de la literatura latinoamericana al hilvanar el rastro de escritores como García Márquez y su mítico tren amarillo que llegaba a Macondo; Juan Rulfo y su mágica Comala habitada por muertos; Jorge Luís Borges y sus disquisiciones con el tiempo.
Precisamente el tren como símbolo de lo transitorio, la muerte y el tiempo, se constituyen como ejes temáticos de este gran viaje. El tren es el elemento que conecta el espacio exterior con el interior. Por las ventanillas se puede ver que afuera hay un mundo que padece hambre, miseria, injusticia, pero adentro también cada pasajero está sumido en el sufrimiento, y más adentro aún hay una tristeza infinita, una soledad que aumenta con la distancia. El otro tema central del libro es la muerte. Ese sentimiento invade al lector desde el inicio de la lectura del texto, sin embargo hay una lucha interior que la combate. Fácilmente no nos entregamos a ella, porque a pesar de ella seguimos existiendo. La poeta dice: “Estas pequeñas tumbas nuestras que nos designan lugares tan hermanados con la muerte; nos han quitado las canciones y la lluvia, nos han arrancado los ritos para invocar las muertes, y ahora, nos matan cada día./ Te hablo, en el silencio de la noche; sobre los cuerpos fragmentados por la quietud. Te cuento ignorando si los ojos están abiertos o cerrados. / Es la invocación de los ausentes que como sueños de presencias regresan para jugar en esos mundos de fantasmas, y entonces, un fulgor recorre el cuerpo en la noche viajera”.
Finalmente, el tiempo cumple un rol importante en el texto. En realidad, la pérdida de la noción del tiempo es lo que permite traspasar los límites de los vagones del tren, del panorama circundante, de la existencia misma. En un poema Borges escribió: “Mirar el río hecho de tiempo y agua / y recordar que el tiempo es otro río, /saber que nos perdemos como el río /y que los rostros pasan como el agua”. Curiosamente el viaje de Valeria era hacia Iguazú, cataratas hechas de tiempo y agua. Si bien su travesía estaba rodeada de un ambiente de muerte, su destino no era ése, sino las aguas refrescantes de la vida. Con cada libro renace la esperanza de que es posible luchar contra la muerte.

miércoles, 7 de octubre de 2009

PAZ ENTRE NOSOTROS










-Dispara, dispara! -le decía una madre emocionada a su hijo. El pequeño trató de complacerla mientras sonreía a la cámara con su arma de juguete entre las manos.
- Vamos a la guerra!- luego gritaron en coro otros niños.
Yo sentí sus voces como un disparo que atravesó mi corazón. Fui una transeúnte casual que caminaba distraída por la calle cuando me impactó fríamente esa escena.
No puedo comprender qué nos está pasando. Acaso las escuelas para los niños se están convirtiendo en academias militares, o más bien las madres están desarrollando una vocación espartana? No lo sé, pero no es posible que se fomenten ese tipo de actividades en la infancia. Ni un fastuoso desfile escolar, ni una celebración de disfraces infantiles, justifica que sembremos en el imaginario de los niños la predisposición hacia la muerte. Sigamos el ejemplo de otros lugares como la India donde este último 2 de octubre recordaron el nacimiento de Mahatma Gandhi al ritmo de " Raghupati Raghava Raja Ram", la canción favorita del más grande pacifista.
Además ese mismo día en Nueva Zelanda se inició la Marcha Mundial por la Paz y la No-Violencia, que recorrerá todo el planeta por 90 días pidiendo el fin de las guerras, las armas nucleares y la eliminación de todo tipo de violencia. Antes del 2 de enero de 2010, esa marcha habrá recorrido 90 países y 100 ciudades hasta llegar al Monte Aconcagua, al sur de Chile Acompañemos al espíritu de esa marcha, y si físicamente es posible vistámonos de blanco para engrandecer de manera simbólica esa gran iniciativa de Paz y Amor. Seguramente, desde lo alto, un resplandeciente arco iris convertido en una bella paloma vendrá a posarse sobre nuestros corazones. Así sabremos que el mundo está cambiando y que la vida está renaciendo.

lunes, 5 de octubre de 2009

FIN DE FERIA

Después de casi quince días que se inició la Feria Internacional del Libro de Arequipa, hoy llega a su término. A pesar de la ausencia de muchas editoriales peruanas y, sobretodo extranjeras, este evento parece tener un saldo positivo. Leí por ahí que varios libros tuvieron muy buenas ventas, por ejemplo "Cambio de palabras" de César Hildebrant, "El cojo y el loco"de Jaime Bayly e imagino Beto Ortiz y Renato Cisneros, que fueron algunos de los invitados especiales.
Yo preferí los menos conocidos y menos marketeros, por eso me detuve en los stands de las editoriales independientes y de las universidades. Entre los pocos libros que llegué a comprar están Para leer a Luis Loayza de César Ferreira y Américo Mudarra, Las provincias contraatacan de Ulises Zevallos Aguilar y La historia y los historiadores en el Perú de Manuel Burga, todos ellos del Fondo Editorial de la Universidad Mayor de San Marcos;
Cómo enseñar la historia? de Concepción Arias de la Universidad Jesuita de Guadalajara; también agregué a mi lista las revistas La rama torcida, dedicada en su segundo número al microcuento, y Dragostea (grisazul), cuyo tercer número abarca una recopilación de literatura sobre el viaje; y el poemario Vendo mi cuerpo que fue un gentil obsequio de Elena de Yta. Estas dos últimas publicaciones son de estudiantes de la Universidad Nacional de San Agustín y por tanto productos netamente arequipeños.
Lo mejor de este encuentro libresco fue ver que muchos jóvenes y familias enteras se aproximaban a los stands a adquirir los libros y de paso disfrutar de la danza, música, cine, teatro, etc., que se ofreció al público asistente. Como toda feria puso, pues, a la cultura en movimiento.
Se anuncia también un III Festival del libro de Arequipa para la primera semana de diciembre. Bien por la ciudad, porque sus espacios públicos se enriquecen grandemente con estas actividades, y, sobre todo, llenan de regocijo a los lectores y contagian las ganas de leer.