miércoles, 16 de marzo de 2011

ÁRBOLES DE INVIERNO

Así quedaron los árboles este invierno. Poco a poco perdieron sus hojas; las más fieles se quedaron regadas sobre el suelo, pero la mayoría se fue con el viento. Los árboles ya no eran más verdes ni amarillos ni anaranjados como en las estaciones pasadas, ahora eran grises y a veces blancos si caía la nieve.
Desprovistos de su follaje, me inspiran a observarlos desde la ventana. Cada árbol se convierte entonces en una serie de ramificaciones que se bifurcan y extienden hasta invadir el espacio ajeno. Con mi lápiz intento dibujarlos en mi cuaderno. Son puras líneas y sombreados que trazo mientras pienso en Sylvia Plath y su poema inspirado en ellos:  WINTER TREES

The wet dawn inks are doing their blue dissolve
On their blotter of fog the trees
Seem a botanical drawing –
Memories growing, ring on ring,
A series of weddings.


Estos versos escritos en pleno invierno me parecen ininteligibles como la  propia muerte de la atormentada Plath.




miércoles, 9 de marzo de 2011

MI CASA EN UN ÁRBOL

Siempre pensé que las canciones además de los sueños pueden volverse realidad. Así me pasó con "Mi casa en un árbol" de Jorge González, ex integrante de Los Prisioneros. Iba yo en una moto rumbo a Mesilla en Nuevo México cuando en el trayecto vi una casa en medio de unos árboles de invierno. Era hermosa, tal como me imaginaba que podían ser esas construcciones rústicas de madera. Parecía ocultarse entre las ramas y la maleza, pero yo la divisé desde lejos, era inconfundiblemente la casa de mis ensueños.
Uno se detiene en la vida andante cuando los ojos encuentran un reposo ante la multitud de imágenes que desfilan sin cesar. Entonces la mirada se vuelve con premura al objeto que ha llamado su atención. Se aproxima raudamente como un zoom. Llega al objeto, casi lo toca. Lo captura. Es un instante que se prolonga toda una eternidad. Un clic mental y la imagen queda guardada en la memoria.
Ahora que veo la foto escucho la canción, y recuerdo también a Kandinski cuando pedía oír el color y ver la música. "Una casa en un árbol / donde tenga mis dibujos / y mis historias,/ donde canten los pájaros...", ésa es la canción donde habito.

jueves, 3 de febrero de 2011

PARÍS ERA UNA FIESTA

No hay mejor camino para emprender otros caminos que los libros. Un libro nos conduce a otro, y este a otro y así sucesivamente: la intertextualidad ad infinitum.
Yo casi acababa de leer París no se acaba nunca de Enrique Vila-Matas cuando ya tenía en mi cabecera París era una fiesta de Hemingway. Este lo leí durante la semana, lo terminé ayer y me siento feliz.
Este libro es un híbrido de ficción y realidad, relata la vida de Hemingway en los años veinte, cuando se iniciaba como escritor y trabajaba como reportero para una revista canadiense. Estaba enamorado de su primera esposa, pero sobre todo andaba enamorado de la vida parisiense, de la inevitable atracción que sentían los escritores por esa ciudad. Su amistad con Gertrude Stein, Ezra Pound y Scott Fitzgerald es vital en esos años de formación, de bohemia pero también de férrea disciplina.
 En la última página del libro, el viejo Hemingway escribió: "París no se acaba nunca, y el recuerdo de cada persona que ha vivivo allí es distinto del recuerdo de cualquier otra. Siempre hemos vuelto, estuviéramos donde estuviéramos, y sin importarnos lo trabajoso o lo fácil que fuera llegar allí. París siempre valía la pena, y uno recibía siempre algo a trueque de lo que allí dejaba. Yo he hablado de París según era en los primeros tiempos, cuando éramos muy pobres  muy felices".
Estas palabras finales de Hemingway me han hecho sentirme plenamente identificada con él, París no se acaba nunca. Uno lleva a París dentro con nuestros propios recuerdos. El recuerdo de mi hermana, de la gente, del metro, de la torre, de los puentes, del Sena... todo bulle en mi cabeza. París me recuerda que hay que escribir París, es decir que hay que escribir la vida.

martes, 25 de enero de 2011

PARIS NO SE ACABA NUNCA

Hay libros que uno lee sin parar, en cuestión de días o tal vez horas. Eso me pasó con "París no se acaba nunca" del escritor español Enrique Vila-Matas. Empecé a leerlo más por la nostalgia que me entró cuando vi la foto de la portada del libro: un hombre sentado sobre una banca en un puente que atraviesa el Sena.
Hace unos meses fui una caminante que atravesaba esos puentes extasiada por la tranquilidad de ese río. De haber encontrado una banca en medio de él, me habría sentado a escribir por lo menos el título de alguna historia, por ejemplo, "Los puentes de París". Quizá hubiera escrito una historia de amor, inspirada en los candados incrustados en las barandas de esos puentes, dicen que son de las parejas enamoradas que graban ahí sus nombres o iniciales, después lo cierran y lanzan la llave al agua. Creen que su amor, así,  perdurará eternamente.
Más allá de los puentes, París es una ciudad eterna. Con razón Vila-Matas llamó así a su libro, París no se acaba nunca. Este libro es un híbrido como tantos otros que ha producido ese escritor. Una mezcla de novela, memoria y conferencia. "¿Soy conferencia o novela? Dios, qué pregunta. Disculpen ustedes. Parece que regresé a los días en que era joven, vivía en París y estaba desesperado y no paraba de hacerme preguntas."- dice el narrador en una de las páginas iniciales. Con un tono irónico  va contando su estancia en París en los años 60 y 70. Su obsesiva idea de parecerse a Hemingway, lo lleva a reflexionar sobre la obra del escritor norteamericano y su famosa teoría del iceberg, de lo no dicho, lo sobreentendido y la alusión; pero sobre todo lo lleva a cuestionar la felicidad que sintió Hemingway cuando escribió "París era una fiesta", cuyo último capítulo precisamente se titula como el libro de Vila-Matas, para quien París estaba lejos de ser un país festivo, era una ciudad gris como él. Por eso las últimas palabras del libro son: "... en París siempre llovía y hacía frío y había poca luz y mucha niebla. Y es tan gris, añadió mi madre, supongo refiriéndose a mí".
Todas las ciudades que uno va conociendo a lo largo de nuestras vidas dejan  un recuerdo nostálgico, pero hay unas que especialmente han sido creadas para llevarlas siempre, por eso volvería otra vez a París con mi candado y desde uno de sus bellos puentes lanzaría al Sena  la llave de mi corazón.

martes, 4 de enero de 2011

FLORES AMARILLAS

Entre las cábalas más frecuentes para recibir el Año Nuevo está el vestirse de amarillo o adornar la casa con flores de ese mismo color. No es que sea supersticiosa pero en los últimos años me han traído mucha suerte, así que decidí esperar el 2011 siguiendo ese mismo rito.
El último día del 2010 caminé por un parque donde vi estas flores que aparecen en la foto. Se veían muy lindas. Obviamente no arranqué ninguna. Me hicieron recordar todas las flores amarillas que alisté en los últimos años para mi mesa. El año anterior fueron unas hermosas rosas amarillas que luego conservé por un buen tiempo en mi sala. Cuando vivía con mis padres, ellos preferían los crisantemos. Pienso ahora en los claveles, los gladiolos, los tulipanes, los lirios, todos ellos amarillos. Será acaso que estas flores no son un rayito de sol en nuestras vidas?, o mejor aún,  una esperanza cálida que alegra nuestros corazones.

jueves, 30 de diciembre de 2010

DE QUÉ HABLO CUANDO HABLO DE CORRER

Hace algunos meses mi hermana Bertha me regaló "De qué hablo cuando hablo de correr" de Haruki Murakami por mi cumpleaños. Me lo dio cuando llegamos a Milán en setiembre. Lo había conseguido en una librería de Barcelona en junio y lo tenía guardado hasta cuando yo llegara a visitarla.  Lo comencé a leer apenas emprendimos el viaje hacia Venecia. Acomodada en un asiento del tren que nos llevaba esa tarde, disfruté sin medida las primeras páginas de ese libro, me hizo recordar la época cuando salía a correr y escribí en ese entonces un cuento titulado "Después de la carrera".
Sucede antes de las seis, así comenzaba mi relato. En efecto, todo sucede antes de las seis de la mañana, como hoy, que me puse mis zapatillas y emprendí mi recorrido a lo largo de la metropolitana que bordea los rieles del tren. El aire fresco penetra por doquier por mi  nariz, acelera mi respiración, impulsa mis piernas al incesante movimiento,  a veces acaricia mi rostro y otras se estrella removiendo mi cabello. La gente que corre por mi lado también tiene decidida una meta a llegar, un tiempo por cumplir, una lucha contra el cansancio. Recuerdo algunas frases de Murakami en el trayecto en las que decía que uno mismo era su propio competidor, y ahora que he encontrado la cita exacta la avalo totalmente: "Lo importante es ir superándose, aunque solo sea un poco, con respecto al día anterior. Porque si hay un contrincante al que debes vencer en una carrera de larga distancia, ese no es otro que el tú de ayer".
Sucede que mi ayer es hoy, cuando comienzo otra vez la carrera; mañana entonces sí tendré un tiempo y un espacio que superar, mañana otra vez volveré a respirar la libertad.