
Fui a ver "La teta asustada" hace algunos días, sin duda será una película que nos ayudará no sólo a reflexionar sobre la época del miedo que vivió nuestro país, sino también a poner sobre el tapete los miedos personales que nos enmascaran a los peruanos y que nos impide construir una sociedad con una memoria más justa y feliz.
Muy poética e inteligentemente, Claudia Llosa ha sabido plantear el tema que aún nos duele como peruanos y que Magaly Solier ha interpretado notablemente. Ambientada sobre todo en las zonas marginales de Lima, con personajes que a su manera han logrado sobrevivir a los avatares de la pobreza, la violencia y la injusticia, esta película peruana se constituye como un canto contra el miedo a ser felices.
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Para obtener dinero y así poder viajar a enterrar a su madre en su pueblo, Fausta tiene que trabajar como empleada en la casa de una mujer de una clase social mejor posicionada, pero también perturbada. Ahí experimenta el abuso y el engaño cuando las perlas no le son entregadas como se lo había prometido la dueña por las canciones que Fausta inventaba para mitigar su pena y que la otra saca provecho para su concierto. Pero ahí también conoce al jardinero con quien se comunica en su lengua materna y quien finalmente la ayuda a recuperar su humanidad.
El entretejido simbólico presente en la película nos lleva a pensar que después de tantos caminos de desencuentros y pesares hay uno que finalmente nos llena de esperanza: el mar, símbolo de la liberación, de la opción por la vida. Ahí Fausta enterrará a su madre, ahí nuevamente su mirada florecerá como un capullo de flor de papa que se abre hacia el sol.